© 2019 by Guillem Duquette

Vecinazgo en ocre

25/7/2016

Vecinas y vecinos,

 

En Torralba he aprendido que me basta un balcón y que me basta uno pequeño; y la barandilla ha dejado de ser escenario de miedos y precauciones. Eso me lo han enseñado dos de ellas: ésa de la que cuelga sin más la montaña –¡cuánto le celebro ese “sin más”!– y esa otra desde la que Torralba, durante 14 días, le ha regalado el ocre a mi literatura.

A partir de vosotros y vosotras, mi escritura será ocre y yo seré, por primera vez, vecino.

Ese balcón me regaló el ocre y me convirtió en vecino, me descubrió el significado de esa palabra más allá del diccionario; vosotras, vosotros y ese balcón me habéis estrenado la vecindad.

Y así yo he vuelto a estar dispuesto a ser vecino, siéndolo en ocre.
Soy vecino ocre.
Mi literatura, junto con el verde de mis lápices y el azul tenue de las líneas

horizontales de mis libretas, es del ocre que me habéis regalado. Por eso, gracias. Por eso y porque con la cadencia al final de vuestro saludo me habéis construido una fonética de la alegría. Y del descanso. Y de la calma. Y de la disciplina. Y del atrevimiento a la broma y al abrazo. El final de vuestras frases

resignificó el buenos días también más allá del diccionario y la costumbre.
Vuestro viento me ha ayudado a encontrar palabras para el de una madrugada que ya pasó, que casi se me olvida y para cuya descripción he venido a dedicar todo un libro. Vuestro viento me ha corroborado que el viento, cualquiera y cualquier pedazo de viento, puede hacer y ser varias cosas, y serlas todas al mismo tiempo. Me ha corroborado que el de aquella madrugada me pronosticaba y sugería poéticas, a la vez percutía persianas para ritmos que yo debía atreverme a bailar, e incluso le quitaba a mis zapatillas sus pelos largos –los de él– que se le habían quedado enredados. Me lo ha corroborado ofreciéndole a mi balcón un viento que al mismo tiempo ha sido delator de ocres, índice de cartas y acicate de

canción.
Y por hacerle caso, me habéis devuelto la osadía del canto. Vuestro moscatel es

brebaje mágico: desobstruye faringes. Por ello, gracias (¡y, por favor, no dejen de dejar libre el banco reservado a las cantoras!)

Vuestro viento, también por hacerle caso, me ha hecho escritor de cama y de mesa, y escritor de cuentos y de cartas. El escritor de esta misma carta –una carta primerizamente vecinal, como yo mismo- y de un libro de cartas que me ha expropiado de la peor de mis mitologías. Mitología para el insomnio y la culpa.

Espero que algún día podáis leer el libro que vine a escribir y entendáis a qué me refiero. Vuestra lectura le completará el sentido a los 14 días que me han hecho vecino y ocre.

Hasta entonces, propongo que sea motivo de fiesta el que, además de por lo anterior, tenga que daros las gracias por el recuerdo matemático de la sacarina y del descafeinado con leche.

Por la anomalía de vuestras cerezas.
Por el olor de vuestra brasa.
Por el desierto, y por demostrarle con el paseo y la semilla que él también se

merece que se le quiera.
Por proteger la noche. Por conservar la noche y su color.
Por cuidar de quienes han decidido venir aquí a ser magos y mitómanos.
Por las campanas.
Por Santa Águeda.
Por ser pueblo de sabias, sabios, niños y niñas.
Por cumplirme la fantasía de callejón único.
Por los gatos, perros y niños que, aunque parezca que corran por ése del que

mi balcón pequeño ha sido almena y mirador, en realidad ayudan con su carrera al viento a llevar mi carta a la puerta de cada una de vuestras casas.

Ésa es otra de las cosas que el viento, cualquier viento y cualquier pedazo de viento, puede ser, hacer o decir al mismo tiempo; y el vuestro, con la ayuda de los niños, los perros y los gatos, a la vez que divulga mi fonética del gracias, me desvela las últimas coordenadas para mi embarque (se me confirma así que lo mío es el embarque y se me confirma así a qué embarco) y convoca a la fiesta que, por ser la de todo por lo que os tengo que dar gracias, pasa de fiesta a festival.

Abrazos ocres (que ya le he encargado al viento que os dé en mi lugar),

 

Guillem Duquette 

 

• • •

 

Durante dos semanas he sido residente en La Casa del Caracolero, en Torralba de Ribota. Allí he trabajado en un proyecto literario que lleva el título provisional (aunque cada vez me parece más definitivo) de Salita de embarque (aún no le he decidido los signos de puntuación complementarios). 

Acabo de desembarcar. Ese tiempo, que se acabó constituyendo como un nuevo signo –el de unos 14 días–, ha sido maravilloso por aquel sentido de vecindad re-adquirido (si no adquirido del todo), además de por lo mucho que mis textos han crecido. Por eso me pareció que la mejor forma de prologar este desembarque era enviar una carta a las vecinas y los vecinos de Torralba –ya que las cartas han terminando llenando el primer borrador de mi libro– con la que darles las gracias por lo determinante de su influjo en mi trabajo de esos 14 días. Por descubrirme el ocre o devolverme a él; eso tampoco está aún decidido. 

Ayer por la mañana –tan mañana que al principio aún no era tal cosa– recorrí el callejero de Torralba depositando un sobre con una copia de esa carta (la que comparto ahora con vosotr_s al comienzo de esta nueva intervención) en cada uno de sus buzones. En el de Rogelia y Tina, en el de Juan Carlos, en el de Francesc Oui y su Casa del Herrero venidera, en la de Quique y Ana (creadores y gestores de La Casa del Caracolero y, por lo tanto, responsables de una gran porción de los signos derivados del de mis 14 días), en el de Marisol, en el de Ignacia, en el de Pilarín, en el de Juanan y Lidia (responsables de El Granero, otro proyectísimo que debéis poneros a conocer ya), en el de Lucía y Alfonso (encargados de otro proyecto más: Pueblos en Arte), en el de Luciano y en otros 60 más. Luego desayuné con Marga y le di en mano su propia carta, para que la leyese con Carlos en su casa. Cuando terminó de limpiar los baños de su bar, Gloria me llevó hasta la estación de Calatayud. Después de abrazarla fuertemente le di la suya, para que ella y Edu la leyesen en el hueco entre el servicio de algún descafeinado con leche (que ya no sería el mío) y el de un pacharán. Doce horas más tarde desembarqué.

Ahora me preparo para transcribir, releer, revisar, corregir, ampliar, ensamblar y seleccionar la pila de mis textos; para a partir de ellos obtener un primer borrador que poder hojear justo antes de dormir y asegurarme el sueño.

Para ello, confío en la ayuda que me pueden proporcionar estas 11 formas (entre 70) de mantenerme lo más cerca posible del ocre.

 

 

 

Please reload